La curiosa relación entre tu espalda y mi número de teléfono
Hay una historia que se repite tanto acá en la camilla que ya casi podría escribir una novela.
Empieza siempre igual: me suena el teléfono o me llega un mensaje con un tono de urgencia absoluta. Llegás a la consulta casi pidiendo permiso para caminar, con el cuello duro como una pared de ladrillos o la zona lumbar pidiendo auxilio a gritos. Te acostás en la camilla y, tras el trabajo profundo, el alivio es total. Te bajás con una sonrisa de oreja a oreja, jurándome lealtad eterna.
«¡María, me salvaste! A partir de ahora voy a venir siempre, no me dejo estar más», me decís, mientras te despedís flotando hacia la puerta.
Y después… cri, cri. 🦗 Silencio de radio apagada.
Yo sé perfectamente que me recuerdan con muchísimo cariño. Sé que si a un amigo o familiar le duele la espalda, le pasan mi contacto al instante como si fuera un tesoro. Pero parece que, mientras el dolor no los está taladrando, agarran mi nombre y lo meten directo en el freezer, justo al lado de la foto de ese ex que no querés ni ver más.
Básicamente, solo me descongelan cuando el malestar vuelve a tocar la puerta (o, mejor dicho, a patearla).
Y acá es donde me pongo un poco atrevida y les hago la gran pregunta: ¿Por qué esperan a estar rotos para venir a verme?
Es como andar en el auto con la luz roja del aceite parpadeando en el tablero y solo frenar cuando ya sale humo negro del motor. A la larga, el costo (y no solo hablo de plata, sino de días enteros de sufrimiento) es muchísimo mayor.
El secreto mejor guardado del bienestar no es el rescate de emergencia, es el hábito.
Venir a consulta de forma regular, justamente cuando no estás gritando de dolor, tiene ventajas que te cambian la calidad de vida:
- Tu bolsillo te lo agradece: Mantener a raya las tensiones con una suscripción mensual o visitas periódicas fijas es mucho más barato que tener que pagar un tratamiento intensivo de varias terapias seguidas para apagar un incendio muscular.
- Es mil veces más disfrutable: Un masaje de mantenimiento te permite relajarte de verdad y desconectar la cabeza, en lugar de estar apretando los dientes en la camilla porque te duele hasta el roce de la piel.
- Chau efecto bola de nieve: Tu cuerpo deja de acumular ese estrés silencioso que siempre termina pasándote factura en el peor momento posible.
No se enojen conmigo por decírselos tan frontalmente, pero la verdad es que me encantaría verlos llegar tranquilos y sonrientes, ¡no solo cuando están al borde del colapso!
Así que, haceme un favor: sacame del freezer.
Hacé de tu bienestar una costumbre, pagá menos a la larga y dejá de vivir de crisis en crisis.
¿Qué te parece si agendamos ese turno de mantenimiento antes de que vuelva el «ay, ay, ay»? Escribime y armamos un plan a tu medida.

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